GLITTER POP ROCK vol. III (Autobiografía de una recopilación)

Con el conocimiento recién adquirido de que no puede haber vértice en una relación de dos,  fue cuestión de semanas que me mudara a Nueva York.

 Con dos maletas y una dirección escrita en un papel aterricé en la ciudad. Me despedí de la familia con pocas palabras, aún sabiendo que sería la última vez que los vería. En su desánimo encontré la fuerza para marcharme del lugar en que alguna vez creí ser feliz.

 Nueva York me mimó de la misma manera que cuida una madre yonqui a un hijo no deseado y pronto supe emular el andar de los neoyorquinos de los suburbios. Me resistía a que el caos se plantara en mi vida y conseguí trabajo como recepcionista en una agencia de publicidad española que tenía un local en el East Side de Manhattan. Nunca jamás en mi vida he tratado de engañarme más a mi mismo que en aquella época. Mientras mis hábitos diarios intentaban mimetizar mi anterior vida en Londres mi cabeza se resistía a aceptar como propia aquella existencia  y ocurrió lo inevitable.

Mi propia travesía por el desierto emocional me llevó a buscar consuelo en los peores tugurios de música nocturna y comencé a titubear con las drogas hasta que conseguí domarlas ytutearlas como a alguien más de la familia.

 El sexo se convirtió en mi alimento y sólo bebía el sudor que emanaba de mis amantes mientras follábamos en la cama.

 Fue domingo también el día en que conocí a Andy.  Un tipo largo, mucho más años mayor que yo y con una cara poco amable. Lo conocí en un harem musical en el que el sexo, los sueños y el arte eran el sustento y la razón por la que vivir. Supongo que tuvimos sexo, no recuerdo bien si me invitó a una onza de chocolate o fue una noche de sexo desenfadado lo que me enganchó a Andy. Era pintor  y el trasiego cultural que se movía a su alrededor me enriqueció de cultura, de emoción y de talento. Pero también me despojó de cualquier sentimiento positivo hacia los seres humanos. Desprovisto de capacidad para amar, me consideraba a mi mismo como un ser superior al resto de los mortales, no me preocupaba por subsistir.

 De Andy obtenía todo, sólo tenía que servirle como ruido alrededor. Los mejores clubs y las mejores fiestas, la noche se convirtió en una secuencia ininterrumpida de 24 horas con distintas tonalidades de oscuridad, entre las que se encontraba el amanecer, el mediodía y la medianoche. Me convertí en un personaje de esos que llamaban arty, vestía de negro, llevaba gafas oscuras hasta cuando hacía que dormía. No mostraba ni permitía que nadie viera mis preciosos ojos azules ¡yo era mucho más que el resto de gente con la que me cruzaba por la calle! y no quería que mi basto conocimiento de este siglo de existencia se escapara de mi cerebro a través de la pupila.

CONTINUARÁ…

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